Derecho a llorar

Tengo un problema. Un problema grave. No puedo soportar ver a un niño o a una niña llorar. Hay algo dentro de mí que se desgarra. Me da igual que sea porque se ha caído, o porque no se quiere ir del parque o porque le han quitado un juguete. Sea por lo que sea, cuando escucho al niño o niña llorar, sufro. Sufro tanto que más de una vez he tenido el arrebato de acercarme al padre o a la madre y decirle “o le consuelas o tú o lo hago yo”.
En realidad, después de analizarlo mucho, creo que lo que me hace daño es ver al niño o niña llorar solito, sin nadie que le contenga o le acompañe en su sufrimiento. Si si, he dicho sufrimiento porque detrás de cada llanto hay dolor. Lo que para nosotros adultos es “una tontería” que “no tiene importancia”, para nuestros pequeños puede ser la causa de un disgusto importante que merece toda nuestra atención.
Reconozco que en ocasiones, con Nicolás, me sale casi instintivamente el “no pasa nada” cuando en realidad sí le ha pasado algo. Estoy tratando de no hacerlo porque siento que si lo hago, no le doy espacio para expresar lo que le está pasando por muy simple que pueda parecerme a mi. Estoy aprendiendo, que para él, que se le caiga un muñeco que lleva un minuto tratando de poner en pie, es motivo de enfado, y que por el momento sólo sabe expresar su enfado llorando, gritando o lanzando el muñeco por los aires.
Lo cierto es, que a medida que el niño o la niña se va haciendo mayor, lo esperable es que vaya recurriendo menos al llanto porque adquiere otras herramientas como el lenguaje que le permiten expresar sus emociones de una manera más adaptativa. Pero eso no significa que cumplidos los tres años ya no puedan llorar. No recuerdo haber leído en la Convención de los Derechos del Niño, que el derecho a llorar se tenga sólo hasta los 3 años. Los de 4, 5, 8 y 12 años también lloran, unos más que otros, pero todos lo hacen. Hasta los de 30 y 50 años lloran, seguramente menos de lo que necesitarían.
Una vez aclarado que llorar es una necesidad, mi dificultad está en ver a mi hijo llorar, lo sé, el problema lo tengo yo, y me lo estoy trabajando. Hay algo dentro de mi que se entristece profundamente cuando Nicolás llora. Pero no pienso animarle a reprimir o esconder sus lágrimas cuando quiera llorar. Ni tampoco le voy a distraer, quiero que juntos podamos prestar atención a lo que está sintiendo que le hace llorar.
Está muy de moda eso de “los niños mayores ya no lloran” o “hasta que no me lo digas sin llorar no te hago caso” y ahora que se acercan las Navidades eso de “verás como los reyes te vean llorar”. Recomiendo a esos padres y madres que utilizan estas frases a menudo, imaginar que en algún momento doloroso de su vida, quedas con una amiga para compartir como te sientes y tu amiga te dice “hasta que no dejes de llorar no te puedo escuchar” o “venga que no tiene importancia”. ¿Frustrante no?
Al final, hablamos siempre de lo mismo, no es más que empatizar. Empatizar con el niño que llora, por muy tonto que nos parezca el motivo de su llanto. No dejarle sólo en el manejo de esa emoción y darle un espacio para que se sienta acompañado.

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