Seguimos creciendo juntos

Pasan los meses volando y no quiero perderme nada, quiero estar bien atenta a todo. Observar cada pasito que da Nicolás y estar pendiente del efecto que tiene en él lo que nosotras hacemos.
Hay quien cree que le damos demasiadas vueltas a todo. Y es cierto. Pero pienso seguir haciéndolo porque confío y tengo la certeza de que lo que hacemos tiene un efecto directo en nuestro hijo y en cómo construimos nuestra relación con él y cómo se relaciona él con el mundo que le rodea.

Me hace gracia escuchar a la gente afirmar de manera rotunda que nada de lo que sus padres han hecho les ha dejado huella. “Pues yo iba 10 horas a la guardería y aquí estoy”, “A mí me daban un azote de vez en cuando y no estoy traumatizado”, “yo juego a la consola desde los 5 años y no me ha pasado nada”, “me dejaban llorar en la cuna hasta que me dormía y no odio a mis padres”… y así cientos de frases que vienen a infravalorar y banalizar la huella que deja en nosotros lo que hacen nuestros padres, sobre todo en nuestros primeros años de vida. Me pregunto, cuál es el efecto que esperarían encontrar estas personas como consecuencia de sus experiencias. El problema, es que no son consecuencias que se vean a simple vista. Llorar cada noche, recibir azotes o no pasar apenas tiempo con tus padres, no te deja cojo, ni tuerto, ni hace que te salga un sarpullido que te acompañe el resto de tu vida. Pero sí deja otras heridas mucho más profundas que hacen que seas la persona que eres y que te relaciones con el mundo que te rodea de una forma determinada y no de otra.
Lo que recibimos en nuestros primeros años, no es gratis. Tiene un precio que, para bien o para mal, pagaremos para siempre. Por eso, no creo que restarle importancia a esos años, nos lleve a nada bueno.

Casi con seguridad, nuestras abuelas, incluso nuestras madres dirán que los padres y las madres de hoy nos comemos el coco demasiado y le damos muchas vueltas a cosas que en realidad son muy simples. Ojalá tengan razón y todos los padres y madres reflexionemos mucho y constantemente acerca de cómo nos relacionamos con nuestros hijos. Porque no es casual, ni aleatorio ni cuestión de genética que los niños hagan lo que hacen y se comporten de una manera determinada. ¡¡Y menos mal!! Si los padres y madres no pudiéramos hacer nada para construir y guiar a nuestros hijos, sólo nos quedaría la opción de cruzar los dedos y rezar para que todo saliera bien.

Como rezar no va conmigo, prefiero no olvidar ni un solo día que una parte importante de lo que Nicolás sea en su vida, tendrá mucho que ver con cómo hayan sido sus primeros años. Por eso, sigo practicando a diario el respeto más absoluto hacia mi pequeño, sus ritmos, sus deseos y su descubrimiento del mundo y de las relaciones.
Me gusta explicarle las cosas, escuchar lo que dice aunque no siempre pueda expresarlo con calma, respetar sus decisiones sin imponer las mías porque sí y sobre todo, acompañar todo esto de besos y más besos, y contacto, y sobre todo tiempo, mucho tiempo con él, acompañándole en cada cosa que aprende y descubre.

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Una respuesta a Seguimos creciendo juntos

  1. maite dijo:

    rubiales!!!!!!!!!!!!!!!!!

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