Conociendo a Nicolás

Conocer a tu propio hijo tiene algo de parecido a conocer a cualquier otra persona; lleva su tiempo. Lo bueno es que yo a Nicolás ya le quería antes de conocerle, y eso no pasa muy a menudo. Así qué el proceso ha sido a la inversa. Estamos pasando de querernos (porque me consta que él también me quiere a mi) a conocernos. Y este proceso es absolutamente maravilloso.

Las primeras semanas vivía en el más absoluto desconocimiento, y aunque el instinto y el sentido común ayudan, a veces es inevitable sentirse muy perdida. Todavía no sabía cuántas horas dormía Nicolás, ni en cuánto tiempo me vaciaba la teta. No sabía si le gusta una postura o prefería otra, si tenía calor o si le pica el eczema que le salió en el cuello.

Cada día con él está lleno de descubrimientos e incertidumbres. Recuerdo mil momentos en los que Patty y yo nos hemos mirado y nos hemos preguntado con la esperanza de que la otra tuviera la respuesta. Pero no, por muy madre que se sea,  son muchas las respuestas que no tenemos porque todavía no conocemos a nuestro bebé.

Los momentos más complicados aparecen con los primeros berrinches, berrinches de los buenos, de esos en los que crees que nada puede calmar a tu bebé. Entonces es cuando te encuentras absolutamente perdida. Tu único deseo es poder calmar a tu hijo y estás dispuesta a hacer lo que sea para lograrlo, pero ¿cómo hacerlo si no tienes ni idea de qué le ocurre?

Si en esos momentos tienes alguna  mujer de avanzada edad cerca, seguramente te dirá que si ha dormido, ha comido y está limpito, no le pasa nada. Quizá llegue a sugerir que le dejes llorar para que no te tome el pelo. Debe ser que hace unos años no estaba de moda pensar que los bebés además de las necesidades fisiológicas, tienen otras que son igual o más importantes, pero éste es otro tema.

Volvamos al berrinche. Como nosotras no comulgamos con esa corriente de dejar llorar, lo intentamos todo. Todo. Y volvemos a preguntarnos una a la otra, qué le pasará. Y esto no sólo lo hacemos nosotras. Si el berrinche nos pilla en un restaurante, es probable que alguien se acerque a preguntar qué le ocurre al angelito que llora desconsoladamente. Si es la abuela la que está presente, te lo pasa rápidamente para que tú acabes cuanto antes con eso que está torturando a tu hijo. Y si el llanto arranca en la calle, son decenas las miradas que se clavan sobre ti mientras tú agachas la cabeza y sigues caminando.

La gente cree que las madres sabemos qué les pasa a nuestros bebés. Pero no siempre es así.

Afortunadamente, desde hace unos días siento que Nicolás y yo nos conocemos cada día un poco más. Y es tan gratificante…

Ahora sé (creo) si lloriquea porque tiene sueño, si está cansado de estar tumbado o si le molestan las rojeces del cuello. También sé cuándo se ha cansado de mamar y prefiere el chupete o si algún ruido le ha asustado. Es muy expresivo y con sus caritas es capaz de transmitirnos un montón de cosas. Pero no siempre es fácil interpretarlas.

Empiezo a conocer a Nicolás, y cuanto más le conozco, más le quiero

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