Una noche más

Cuando tienes un bebé de dos meses y medio que come a demanda, estás vendida. El día no termina y empieza la noche. La noche no termina cuando amanece.  Me hace mucha gracia cuando la gente pregunta “¿qué tal las noches?”. Porque a la gente parece ser que le intriga mucho qué hace una familia con un bebé de meses por las noches. Y yo me preguntó ¿cuándo empieza la noche, a las diez, a las doce, a las tres de la madrugada? Porque la respuesta puede ser muy variable. La única realidad es que Nicolás todavía no entiende de noches y días, él tiene hambre y punto. Y quiere la teta a la hora que sea.  No importa si sólo ha pasado una hora desde la última vez que comió. Importa menos aún que sólo haya pasado media hora desde que Patty y yo cogiéramos el primer y profundo sueño.

La mayor parte de las veces Nicolás es muy rápido y se conforma con mamar durante diez minutos hasta que vuelve a entrar en trance y poner los ojos en blanco. Pero claro, a ver como pillo yo ese plácido y profundo sueño en el que me encontraba.

Otras veces trato de engañarle meciendo la cuna por si le vale en lugar de la teta. Pero sólo me engaño a mi misma.

Y entonces llegan las cinco de la mañana y Nicolás transforma sus dulces quejidos de “tengo hambre” en maravillosas risas y sonidos de “habrá que levantarse no”. Y en ese momento me debato entre  el “por favor no me hagas esto” y esa ternura maravillosa que me despierta sus ruiditos. Pruebo de nuevo a mecer la cuna. Vuelve a no funcionar. Y para decidir qué hacer, despierto a Patty. Ella suele despertarse en cada toma, nos da un beso a cada uno y sigue durmiendo. Pero  esta vez es diferente porque yo le pido que se ocupe ella de la situación. En el fondo le estoy pidiendo que haga lo que sea necesario para que Nicolás vuelva a dormirse. Pero ella, que nunca ha necesitado dormir mucho, siempre prefiere unirse a la  fiesta que nuestro hijo tiene montada en su cuna.

Y así van pasando las noches, o los días, o lo que sea que son, porque a veces pierdo la noción del tiempo. Y deduzco que la naturaleza es muy sabia, y que Nicolás es el único motivo por el que podría seguir durmiendo tan poco y mi cara y mis ojos seguirían brillando de felicidad.

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